Apuntes sobre el movimiento artivista feminista

En enero de 1972 Judy Chicago y Miriam Schapiro, organizaron y presentaron Womanhouse, dentro del Feminist Art Program que ambas habían fundado en el California Institute of the Arts y que fue el primer programa de arte feminista en una universidad de Estados Unidos. Womanhouse estuvo ubicado en una casa abandonada del barrio de Hollywood y acogió los trabajos de las estudiantes del programa. Performances, acciones y objetos proponían profundas reflexiones sobre los roles de género en el ámbito doméstico y que aprovechando cada uno de los espacios y su simbolismo se constituyeron en discursos de naturaleza feminista. La exposición-instalación tuvo una importante repercusión mediática entendiéndose como un acontecimiento que ponía de relieve reivindicaciones tanto artísticas como políticas. Este proyecto fue el punto de partida sobre el que se desarrollaron desde los formatos y los conceptos las prácticas artísticas feministas de las siguientes décadas.

Los años setenta fueron el escenario donde se libró lo que se ha llamado la segunda oleada del feminismo, que en Estados Unidos como también en Europa, trajo consigo una nueva generación de artistas cuyo trabajo adquirió una importante dimensión social y conciencia política. El cuerpo, la violencia, la sexualidad, la identidad o el conflicto entre objeto-sujeto fueron temas recurrentes para las artistas de estos años quienes encontraron en la performance, el videoarte y al arte de acción un leguaje propio que por su condición de novedoso no estaba condicionado por las estructuras de poder. Si tradicionalmente la pintura de historia había sido un género practicado por los hombres, la versión contemporánea de la pintura no contemplaba margen de acción para las problemáticas que planteaban algunas de las artistas mujeres. Surgieron así nuevas miradas y acciones artísticas en torno a aspectos políticos, sociales y privados con un importante interés por la autorreferencialidad. Las artistas de esta década entendieron que casi cualquier gesto artístico podía tener una lectura política. De ahí la importancia del papel que desempeñaron la performance y las prácticas feministas de los setenta en su unión con el activismo.

Frente a la visión hegemónica del feminismo, particularmente criticado por centrarse en la crítica desde las problemáticas exclusivas de la mujer de raza blanca y de clase media, el movimiento se fue pluralizando y acogiendo reivindicaciones que no eran ajenas a otros movimientos sociales contemporáneos. Así surgieron otras versiones del feminismo que se preguntaba no solo por el papel que ocupaba la mujer en el mundo del arte sino por la visibilidad de la mujer artista en las exposiciones de arte contemporáneo y en las colecciones de arte anteriores al siglo XX. Lo que Linda Nochlin se pregunta en el artículo publicado en Art News en 1971 ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?, que resultará uno de los textos fundacionales de la crítica de arte desde una perspectiva feminista. Era inevitable que práctica artística y crítica de arte feministas surgieran y se desarrollaran en paralelo, respondiendo así a la necesidad de cuestionar la mirada sobre la que se ha organizado el conocimiento en Occidente; en palabras de Nochlin al referirse a la historia del arte, «la buena suerte de nacer blancos, preferentemente de clase media, y sobre todo, hombres», y que bien podría trasladarse a cualquier ámbito del conocimiento humano como la historia, la ciencia o la literatura.

En los mismos años en los que Linda Nochlin está revolucionando la crítica de arte y Miriam Schapiro y Judy Chicago trabajando desde el ámbito académico en el arte feminista, esta última comienza uno de sus proyectos más conocidos. Se trata de The Dinner Party, una cena imaginaria de mujeres célebres en formato instalación que comienza en 1974 y se presenta por primera vez en 1979 en San Francisco. Trece mujeres históricas y mitológicas y alguna contemporánea reunidas alrededor de una mesa donde se cita y se (re)conoce el papel fundamental que han jugado las mujeres a lo largo de la historia. Una instalación elocuente que pone en marcha procesos de reivindicación adelantando –o quién sabe si inspirando o participando- las acciones que el colectivo Guerrilla Girls comenzaría en 1985 en la ciudad de Nueva York. Este colectivo, guardando su anonimato bajo máscaras de gorila y falsos nombres que aluden a mujeres mundialmente conocidas,  –o que deberían serlo-, son pioneras en la práctica artivista inspirando las luchas y reclamaciones feministas de otras artistas y colectivos durante las tres últimas décadas.

Sandy Orgel, Linen Closet, Womanhouse, 1972.

Sandy Orgel, Linen Closet, Womanhouse, 1972.

2.Judy Chicago, The Dinner Party, 1974-1979. Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art, Brooklyn Museum.

Judy Chicago, The Dinner Party, 1974-1979. Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art, Brooklyn Museum.

Guerrilla Girls, New York, 1988.

Guerrilla Girls, New York, 1988.

A medio camino entre la crítica institucional y la puesta en escena performática Guerrilla Girls ha creado un lenguaje propio basado en la potencialidad del mensaje publicitario, el cartel de protesta y la acción en el espacio público con grandes dosis de creatividad. Durante tres décadas han visitado las instituciones museística, ferias, bienales y galerías y han contabilizado la presencia de la mujer artista en exposiciones y colecciones. Los datos objetivos y sus estadísticas visibilizan las desigualdades reales y actuales del mundo del arte, la industria del cine, la cultura popular o la escena política, siendo frecuentemente presentados en ruedas de prensa, conferencias o exposiciones donde utilizan siempre las mismas armas: bombas de estrógenos, ironía, sentido del humor, provocación y acción.

Guerrilla Girls ha reinventado el feminismo inspirando a otros colectivos artivistas como Pussy Riot, el grupo ruso de protesta feminista punk, para muchos unas chicas con máscaras que acostumbran a meterse en problemas, pero que con sus acciones han conseguido llamar la atención de la comunidad cultural internacional sobre la política autoritaria del gobierno de Putin, la aplicación de una legislación sexista y la ausencia de libertad de expresión. Estas y otras prácticas artísticas vinculadas con el activismo vienen empleando tácticas de guerrilla como eficaces métodos de comunicación mediante la intervención en el espacio público, la irreverencia y la creación de situaciones. Esta sería la línea de trabajo que viene desarrollando Yolanda Domínguez en sus últimas intervenciones, como Accesibles y Accesorias (2015) o Registro (2014). Yolanda Domínguez propone y convoca acciones urbanas muy reivindicativas que son llevadas a cabo por otras mujeres o colectivos, evidenciando las implicaciones sexistas en el mundo de la publicidad, la moda o la política.

Pussy Riot at Lobnoye Mesto on Red Square in Moscow on January 20, 2012. Photo Denis Bochkarev.

Pussy Riot at Lobnoye Mesto on Red Square in Moscow on January 20, 2012. Photo Denis Bochkarev.

Estas experiencias ponen en práctica la posibilidad de un cambio de conciencia social y política que vendría dada por estrategias de visibilidad, implicación y lucha feminista. Desde las prácticas artivistas contemporáneas, herederas de los movimientos de derechos civiles y en defensa de las minorías, es posible la crítica constructiva y modificar nociones caducas, estereotipos sexistas y legislaciones restrictivas, así como la creación de una conciencia global sobre problemáticas comunes a todas las mujeres.

Artículo publicado en el Atelier, número 4, enero, 2016. Leer en ISSUU

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