1969-2019: 50 años de identidades disidentes y radicales

Para Pilar Ibarz, que me pidió escribirlo.

 

En abril de 1968 Muhammad Ali protagonizaba la portada de la revista Esquire. El atleta más célebre del momento, el que recientemente se había convertido al Islam, posaba para una revista de hombres como un San Sebastián, el mártir del siglo III, al que la tradición occidental llamaba el Apolo Cristiano. El titular que acompañaba la imagen “La pasión de Muhammad Ali” aludía al rechazo y desconfianza que el boxeador había generado tras su conversión al Islam y su negativa a formar parte del ejército estadounidense. Ali es en este momento el abanderado de las causas minoritarias que hacían estallar las calles de Estados Unidos y parte de Europa.

George Lois, The Passion of Muhammad Ali. Cover for Esquire Magazine, issue no. 413, April 1968.

Como los San Sebastián de la pintura del primer Renacimiento europeo, -con frecuencia se cita la obra de Botticini, 1465, Metropolitan Museum, como referencia directa de esta sesión fotográfica-, Ali recibe una saeta de flechas que hacen brotar la sangre por un joven y atlético cuerpo que simula estar atado a un poste. La cabeza inclinada corresponde con la tradicional iconografía del santo en un gesto en el que el dolor se vuelve placer. Son muy numerosas las representaciones de San Sebastián a lo largo de la Historia del Arte en una iconografía que evoluciona desde la alta Edad Media hasta convertirse en el patrón de la homosexualidad en el siglo XVI. Un santo-apolo que va adquiriendo mayor homoerotismo en las pinturas de los artistas del norte reformista (Rubens, 1604, Rubenshuis, Amberes). En la Europa Contrarreformista su martirio casa muy bien con los códigos místicos de exaltación espiritual a partir del dolor convertido en excitación (Guido Reni, 1617, Museo del Prado). Su representación tendrá un largo recorrido por la cultura visual desde entonces y hasta nuestros días (Pierre et Gilles, 2010).

San Sebastián (265-288 d. C.) antes de mártir fue uno de los soldados del ejército romano mejor posicionados en tiempos de Diocleciano. Obligado a escoger entre su fe cristiana y su cargo militar, es condenado a recibir una lluvia de flechas por parte de sus compañeros y subordinados en su cuerpo maniatado y desnudo. Iconográficamente es representado como un joven imberbe desnudo y proporciones anatómicas atléticas. Para los pintores y escultores es la oportunidad de representar un desnudo masculino a la manera de los artistas de la antigüedad clásica. San Sebastián es durante la Edad Moderna el canon de belleza masculina. 

Francesco Botticini, Saint Sebastian, 1465. Metropolitan Museum.

Guido Reni, San Sebastián, 1617, Museo del Prado.

Rubens, Saint Sébastien secouru par les anges, 1604, Rubenshuis, Anvers.

Pierre et Gilles, Saint Sébastien, 2010.

Sin embargo, la pose de Muhammad Ali difiere deliberadamente de la representación tradicional del santo, algo que no debe pasar desapercibido. A diferencia de San Sebastián, Muhammad Ali representa una identidad disidente, la de un afroamericano, de origen humilde y vinculado a la Nación del Islam que se apropia de un canon que no le correspondería. Este gesto en los convulsos años 60 supone una nueva amenaza al suprematismo blanco. 

La portada de Muhammad Ali responde al momento histórico que el mundo vive en 1968. En plena tensión racial los movimientos por los derechos civiles de los afroamericanos amenazan los privilegios de la sociedad blanca estadounidense. Es en este mismo año de 1968 cuando la Radical Women de Nueva York protesta contra el concurso de Miss America. Eran los comienzos del Movimiento de Liberación de las Mujeres. Mientras, Europa vivía una ola de protestas sociales nacidas en el París de mayo del 68.

Warhol, Ladies and Gentlemen (Marsha P. Johnson Polaroid), 1974.

Al año siguiente, en 1969, una mujer transgénero negra, Marsha P. Johnson, iniciaría en Stonewall una revuelta contra ese Estado de privilegios blancos. La suya es probablemente la más disidente identidad de aquellos años. Una amenaza que se extendió más allá del Greenwich Village de Nueva York; global y aún vigente.

Este es el origen de las celebraciones del Orgullo, hoy sometidas a las lógicas del Neoliberalismo, capaz de convertir cualquier causa en eslogan o hashtag recurrente. 50 años después conviene recordar que la reivindicación es contra el canon y sigue siendo radical, en cuanto que pone en crisis los privilegios inamovibles de los hombres blancos con poder adquisitivo. 50 años más tarde conviene no olvidar que el grito de protesta sale de una identidad radical y disidente, la de Marsha P. Johnson y la de los cuerpos diversos de los movimientos civiles, raciales, sexuales y feministas que salieron a las calles en esos años de 1969.