Contra la impunidad

La violencia ejercida sobre las mujeres es una cuestión relativamente reciente, desde que se definiera en la década de los 70 por primera vez en el ámbito del Tribunal Internacional sobre los Crímenes contra la Mujer en Bruselas. Es aquí donde se comienza a profundizar, debatir y visibilizar las distintas formas de violencia extrema contra la mujer por cuestión de género o sexo que tienen lugar desde que la humanidad existe. La violencia que se ejerce sobre quienes son percibidas como mujeres es, posiblemente, uno de los genocidios más antiguos y extendidos, representada a lo largo de la historia del arte y la cultura bajo distintos discursos ideológicos, cuya revisión actual desde la perspectiva de género tendría por finalidad reescribir una historia que ha sido profundamente injusta para las mujeres. Una realidad de la que no debemos escondernos y que es convenientemente visible desde las propuestas artísticas y teóricas del feminismo.

La historia del arte es una fuente inagotable para adentrarnos en la historia del feminicidio a través de testimonios de violencias que en ocasiones han sido narradas por las propias protagonistas, aunque desde los márgenes de su exclusión. Artemisia Gentileschi es, probablemente, la que con mayor celeridad y desgarro codificó en imágenes la violencia que la artista del XVII sufrió en primera persona. La primera en forma de violación por parte de su maestro, Agostino Tassi, seguidas de las torturas y humillaciones sufridas durante un juicio que por la documentación conservada parecía ir contra la víctima. Sin olvidarnos de la posterior discriminación y olvido al que la Historia le sometió, atribuyendo erróneamente muchas de sus obras a otros artistas (varones), principalmente a su padre. La suya, sin embargo, fue una amarga venganza en forma de obras pictóricas que hoy leemos en clave feminista, sin que podamos separar su biografía de su obra. La Historia del Arte borró su nombre y ahora escribimos su historia como un ejercicio de justicia poética y la resignificamos dentro de una lucha común que comparten todas las mujeres y niñas del mundo.

Artemisia Gentileschi. Giuditta che decapita Oloferne (Judit decapitando a Holofernes). 1620. Galleria degli Uffizi, Florencia.

Luisa Roldán. Arcángel San Miguel aplastando al diablo. Post. 1692. Monasterio de El Escorial, Madrid.

Venganza poética también la de Luisa Roldán, la excepcional escultora de la imaginería barroca de la escuela de Sevilla, quien no solamente sufrió las humillaciones de un matrimonio conflictivo, sino que a pesar de su maestría y prestigio en vida vivió y murió en la más absoluta indigencia, víctima de los impagos de la corte y la nobleza. Sus imágenes no responden únicamente a la iconografía que impone la devoción contrarreformista, en clave biográfica podríamos leer el dolor y el sufrimiento de una mujer maltratada y humillada en vida a quien la historia nuevamente desterró. Así, ahora vemos a una Luisa Roldán autorretratada en el conjunto escultórico de El Escorial en el rostro del Arcángel San Miguel derrotando a un demonio representado con el rostro de su marido. El bien venciendo al mal, desde una lectura moralizante; la artista venciendo a su opresor.

La violación ha sido para la historia de la pintura occidental una temática recurrente. Un caso particularmente interesante es la historia de Lucrecia, que tras ser violada por Tarquinio se suicidó precipitando así la caída de la monarquía en Roma. Lucrecia clavándose el puñal es la representación preferida para los pintores, especialmente en la pintura del siglo XIX, seguramente por toda la carga dramática implícita en el suicidio, tan del gusto del XIX. No así para Tiziano quien, en la obra Tarquinio y Lucrecia de 1571, elige un momento si cabe aún más violento: el de la violación. Esta pintura, realizada para Felipe II, está adelantando uno de los temas más frecuentes en la literatura teatral del Siglo de Oro. Dorotea en El Quijote, Laurencia en Fuenteovejuna o Isabel en El alcalde de Zalamea, son solo algunos conocidos ejemplos de mujeres ejemplares cuyo ultraje, indefensión y deshonra –empleando el lenguaje del XVII- desemboca conflictos morales y políticos que se acaban resolviendo con todas las contradicciones inherentes a la época.

Tiziano. Tarquinio y Lucrecia. 1571. Museo Fitzwilliam, Cambridge.

Eugène Delacroix. La Mort de Sardanapale. 1827. Musée du Louvre, Paris.

La violación de la mujer, que raramente es afrontada desde su punto de vista, es casi siempre el pretexto para reflexionar sobre aspectos morales y sociales. Su origen literario se remonta a la antigüedad y aparece frecuentemente en la historia del arte como pretexto para abordar las relaciones de poder de épocas más modernas. Un ejemplo de ello lo encontramos en La Mort de Sardanapale (1827) de Delacroix, donde observamos a un perezoso Sardanápalo, que ante el inevitable asedio de su ciudad y como último acto heroico antes de suicidarse, ordena quemar sus objetos más preciados y degollar caballos, perros, esclavas y concubinas. Las mujeres que dieron placer al rey de Nínive son violentadas, violadas y degolladas antes de ser quemadas. Un feminicidio en toda regla.

Encontramos en la historia del arte y la literatura multitud de testimonios para reconstruir la historia de las mujeres. Una historia que lamentablemente se escribe en clave de violencia bajo muy variadas fórmulas. Una violencia que todas sufrimos de una u otra forma y que reaparece como motivo, visibilización y reflexión en las artistas contemporáneas. Imposible olvidar en este sentido una de las primeras performance de Ana Mendieta, Rape Scene (1973), basada en la agresión sexual real a una estudiante de la Universidad de Iowa. La artista, violentada sobre una mesa, atada de pies y manos, desnuda de la cintura hacia abajo y con las piernas manchadas con sangre, mostrando total empatía, realiza una contundente denuncia  con un claro enfoque feminista.

Ana Mendieta. Untitled (Rape Scene). 1973. Tate Modern, London.

También Frida Kahlo había recurrido a un hecho real en una de las más desgarradoras imágenes de la historia del arte, Unos cuantos piquetitos (1935), una obra donde, una vez más, la artista nos hace cómplices de un brutal feminicidio. En cambio, su autorretrato pelona (1940), de contenido autobiográfico tras una de las infidelidades de Diego Rivera, muestra una enorme carga violenta que puede ser leída desde otro tipo de violencia, la simbólica. La artista, masculinizada, sostiene el arma con el que ha cortado violentamente su melena. Más recientemente Verónica Ruth Frías retoma esta obra de Frida Kahlo para rastrear en Youtube las humillaciones que sufren aquellas mujeres señaladas supuestamente como adúlteras que son humilladas públicamente rapando sus cabezas.

Frida Kahlo. Unos cuantos piquetitos. 1935. Museo Dolores Olmedo, Ciudad de México.

Frida Kahlo. Autorretrato de pelona. 1940. MoMA, New York.

Verónica Ruth Frías. Mira que si te quise… 2016.

En muchas partes del mundo la vida de las mujeres y niñas no valen nada. Sobre esta atroz afirmación trabaja la performer y poeta Regina José Galindo, una artista valiente profundamente comprometida con las mujeres que mueren en Guatemala víctimas del feminicidio. Su práctica performática le valió el León de Oro en la Bienal de Venecia de 2005 por conocidas acciones como (279) Golpes (2005), Himenoplastia (2004), ¿Quién puede borrar las huellas? (2003) o Piel (2001) donde reflexiona como artista y también como mujer sobre la vulnerabilidad del cuerpo femenino. Como las artistas de la década de los setenta, Regina José Galindo utiliza su propio cuerpo como campo de batalla sobre el que se ejerce una violencia muy específica, la de género.

Su último proyecto, Presencia está siendo desarrollado en Guatemala con acciones que han tenido lugar recientemente en Documenta Atenas –haciendo presente a Karen Lisette Fuentes, asesinada a los 17 años-  y en el ciclo Mujeres contra la impunidad en La Casa Encendida de Madrid –donde desarrolló la sesión en memoria de Mindy Celeni Rodas Donis. La artista desarrolla este proyecto vistiendo los vestidos de trece mujeres asesinadas en Guatemala, cuyos crímenes en la mayoría de los casos han quedado impunes. Vistiendo sus vestidos, utilizando sus objetos, llamándolas por su nombre, la artista las hace presentes y de esta manera  su historia permanece en la memoria. Este proyecto le sirve nuevamente para, desde problemáticas locales, abordar todo tipo de injusticias, discriminaciones, abusos y violencias universales, comunes a todas las geografías y tiempos históricos. Al mismo tiempo es un llamamiento para que nunca más un feminicidio quede impune.

Regina José Galindo. Presencia (Karen Lisette Fuentes). 2017. Documenta 14 Atenas.

Regina José Galindo. Presencia (Mindy Celeni Rodas Donis). 2017. La Casa Encendida, Madrid.

 

Regina José Galindo presentó la performance Presencia  y la conferencia Cuerpo de trabajo en La Casa Encendida de Madrid, dentro del ciclo Mujeres contra la impunidad, organizado por la Asociación Mujeres de Guatemala, el pasado día 18 de abril, 2017.

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